El resentimiento no era el único camino

“Las personas olvidarán lo que dijiste y lo que hiciste, pero nunca olvidarán cómo las hiciste sentir”, decía la gran poeta estadounidense, Maya Angelou, porque por definición, las emociones son las líneas que tocan y mueven el espíritu humano. Si una historia las usa como materia prima, ésta se hará fácilmente memorable, repetible, entrañable. Y si, además, en la historia se hace alusión a figuras que los imaginarios personales tenían previamente talladas y constantemente referidas, aquello es una pieza comunicacional imparable. Agregándole una frecuencia de repetición constante y un lenguaje conectivo para una audiencia en especial, estaremos frente a un caso de éxito definitivo. Así más o menos es el armado de la narrativa que el presidente López Obrador ha usado desde hace muchos años. La presentación de un pasado lleno de oprobios, como contexto para un presente transformador, impulsado con un tono de resentimientos, fronterizos con la venganza.

El resentimiento en México no es nuevo, ni gratuito. Podríamos decir que es producto del añejamiento de una indignación continuada e impotente, una emoción que ya es parte de nuestro ADN cultural . El imaginario nacional tiene bodegas llenas de eso, a partir de historias heredadas, oídas y vividas, de desigualdad, injusticia, discriminación, indolencia, de no-oportunidades, corrupción, autoritarismo…y otras más de un largo y antiguo catálogo. En nuestra narrativa histórica, hemos sido conquistados, invadidos, sometidos, defraudados, engañados, saqueados, endeudados…

Desde su inicio como justiciero (porque ese sería su arquetipo en la historia…el justiciero), el resentimiento ha sido usado por Andrés Manuel López Obrador, como un elemento poderoso y genuino para conectar con la gente que después se volvió SU público. Sin ardides, él les ha validado que lo que sentían era real y que merecían justicia ante ello, efecto que de inmediato resulta en empatía.

Le da a la gente esperanza y futuro con base en un arco narrativo muy simple: “frustración-resentimientos- justicia posible”, más una mezcla de datos e intuición, una cucharada de lenguaje conectivo para su audiencia, una pizca de comunicación no verbal, proxémica y las circunstancias exactas (timing, los gringos dirían). A esa mezcla bien incorporada, agregue otros ingredientes como disciplina, certeza de triunfo y la conciencia de un guionista que sabe que su serie tiene una audiencia fiel, que la consume y la usa para proveerse de municiones para las discusiones cotidianas, para las defensas que hay que dar…por la causa.

Después, sirve ese plato todas las mañanas, en una plataforma de comunicación poderosa por su alcance, y por su capacidad para escenificar la tensión entre dos concepciones de la realidad. Repite a diario la misma narrativa, la replica en sus redes sociales, provoca que se replique en la de todos (cercanos y adversos), hace que por la tirantez y disrupción que causa, se convierta en el tema de todos quienes hablamos de estos temas, que sus críticos lo retomen para contestarle o reprobarlo, los confunde hasta que creen, ilusamente, que su único camino viable es hablar mal de él todo el tiempo, y después…vuelve a empezar. Con otro tema, pero usando la misma narrativa, porque esta guerra se gana repitiendo, repitiendo, repitiendo...


Así, las narrativas con los elementos emocionales indicados, guían nuestros inconsciente colectivo, pero… ¿instalar el resentimiento en le centro del ánimo patrio era el único camino?

Sin duda era la ruta más fácil y segura. López Obrador fue consecuente con su personaje de años, algo que no suelen hacer la inmensa mayoría de sus colegas nacionales, que apenas logran el triunfo electoral que buscaban, y por regla desechan y arrumban en una bodega, la estructura comunicacional de posicionamiento en la que invirtieron tiempo, esfuerzo y muchos recursos para colonizar los territorios mentales entre su gente. López Obrador supo lo valioso que es conservarla, actualizarla, potenciarla, y también, lo eficiente que es crear una dicotomía narrativa: la realidad como un lienzo dividido en blanco y negro, y ahí están definidos los espacios para lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, lo deseable y lo indeseable. Los tonos no suman. El gris, que surge de la mezcla de ambos colores, es lo más indeseable. El gris es indefinición y hasta tibieza, y el momento no estaba para eso.


Sin embargo, la animadversión no era la única opción para no perder su posicionamiento, o transitar a la siguiente temporada, que bien pudo haberse titulado “La reconciliación nacional”.

Imagínense: después de lograr un triunfo contundente y llegar a la Presidencia, lograr la mayoría parlamentaria y como él dice “hacer historia”, Andrés Manuel López Obrador hubiera llamado a la reconciliación nacional: “Sin la participación de todas y todos, no podremos hacer la Transformación por la que la gente votó. Voy a buscar la reconciliación con los que hasta ayer nos enfrentamos en las urnas, con quienes nos hemos confrontado a lo largo de todos estos años y pedirles que se sumen para que cambiemos la historia juntos”.

“Ustedes me tomarán por un soñador” diría John Lennon, pero no, porque recordé a Nelson Mandela y los 27 años (¡27 años!) que fue preso político del régimen del Apartheid, 27 años durante los cuales vivió en prisiones de máxima seguridad, comiendo menos que los demás reclusos por ser “terrorista” y negro, haciendo trabajos forzados, sabiendo de su familia solo por cartas y fotos cada 6 meses, enterándose de la represión a sus compañeros de causa… Qué más indignante y generador de resentimientos que casi 3 décadas de ese terrible escenario, y el día que tomo posesión como el primer presidente no-blanco de su país, tuvo en primera fila a quienes fueron sus últimos tres celadores en la prisión Víctor Verster. Saliendo de ahí, viajo dos horas para darle sus saludos personalmente a la viuda del juez que lo condenó y encarceló por consigna. Al día siguiente mantuvo a todos los empleados blancos que quisieron continuar trabajando en la oficina presidencial y fusionó a su equipo de escoltas negros con el de blancos que cuidaban a Frederick Leclerc, el presidente que lo antecedió. Mandela entendió el valor del unir, aún cuando en el proceso había que perdonar a quienes habían sido sus verdugos.

Mandela utilizó el rugby, un símbolo de discriminación blanca para los negros, para unir a su pueblo. Sudáfrica era sede en 1995 de la Copa Mundial de Rugby. El equipo sudafricano, donde había un sólo jugador negro, aprendió el nuevo himno zulú (el de los negros) y fue ganando partidos, y contra todos los pronósticos, ganó la copa mundial. Y fue en ese día, cuando Mandela le entregó la copa a Francois Pienaar, el capitán de la selección sudafricana de rugby , que el estadio guardó silencio y cerca de 80.000 personas, casi todas blancas, corearon el nombre del presidente. Y entonces fue muy claro para los millones que veían el evento en todo el mundo: Mandela era el presidente de los negros, pero también de los blancos.

En una de sus biografías se relata, que cuando una de sus más cercanas colaboradoras y añeja compañera de su causa, quien le preguntó que por qué hacía todo eso, y le contestó “en todo el tiempo que estuve preso, aprendí a conocer a nuestros contrarios. Hoy sé que sin ellos como compañeros, no podremos lograr lo que queremos para ayudar a nuestros hermanos, y ayudarlos es mi misión como presidente”.

Durante el mandato de Mandela se dio el fin del Apartheid, empezó la igualdad de derechos y oportunidades, y se fundaron las bases para una convivencia pacífica entre negros y blancos en pro de una mejor historia para todos .

Sin duda, Andres Manuel López Obrador pudo haber escrito una historia así. Una narrativa en la que, sin abandonar sus principios de hacerle justicia al pueblo, pudo haber construido puentes virtuosos y mecanismos de control con empresarios y otros líderes políticos (ahí está el Congreso, el SAT, la temida UIF, etc)... Estoy seguro de que no se habrían negado, y con tal de no tener una relación hostil o porque no les hubiera quedo otra opción, habrían cooperado.

La narrativa del resentimiento sigue siendo la que rige el guión de la agenda nacional. Por ella, los malos son vilipendiados, aventados a los leones de la opinión pública, mereciéndose el troleo sin misericordia, el escarnio del meme agresivo, el insulto ideológico y reduccionista…. Se desgasta a las “víctimas”, y se provoca el rechazo, cada vez más lleno de odio. Siempre hay una buena razón para encender la hoguera.

El país está segmentándose emocionalmente entre quienes aman a Andrés Manuel, quienes lo odian y quienes lo aprobaban y ya no saben qué hacer, porque para ellos, el hilo narrativo central, las causas del presidente, les parecen coherentes, pero no así sus “cómo” ni sus “con qué”, ni los de su elenco secundario, con el resentimiento y la malquerencia por delante, referenciando a un pasado que quizás si está lleno de agravios, cuando también teníamos un futuro que pudo haber sido disinto.

Lo más lamentable es que la narrativa de resentimientos hoy no tiene marcha atrás, y hacia adelante sólo hay un camino que se vislumbra muy poco amable. Aún no podemos saber el costo que tendrá estar enfrentados, y si este enfrentamiento servirá para algo más que obtener votos.



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